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Con aluxes, chaneques, nahuales, serpientes de siete cabezas, lloronas o alebrijes, México es un hábitat natural para los monstruos.

 

La multiculturalidad étnica y la susceptibilidad de los mexicanos a creer más en la magia que en la ciencia, convierten al país en un territorio propenso a la existencia de estos seres fantásticos, que despiertan la fascinación e inspiran la creación de obras artísticas.

 

La escritora Daniela Tarazona, curadora de la exposición Monstruosismos, exhibida en 2017 en el Museo de Arte Moderno, explica que lo monstruoso es aquello que cruza un límite, por más inofensiva que parezca la definición.

 

“Cualquier movimiento fuera de ciertas definiciones dadas, de la realidad o la percepción, pueden dar pie a que aparezca lo monstruoso, lo que está fuera de cierto orden establecido, lo abyecto, lo que se reconoce como enfermo, deforme, no aceptado por la normalidad. El monstruo también vive con nosotros. Nos habita. Es parte de nuestra naturaleza. Esta animalidad siempre está palpitando. Siempre está con nosotros. Y, cuando de pronto nos invade y nos toma, podría asociarse con este monstruo que somos cada uno de nosotros”, explica.

 

Para la exposición, Tarazona reunió piezas de los siglos XVIII al XX, contenidas en el acervo del Instituto Nacional de Bellas Artes, que rebasan el patrón de lo bello, lo verdadero y lo justo. Sin ser un tratado sobre los tipos de monstruos, el resultado trajo a relucir la presencia de este elemento en cinco siglos de artes plásticas en México, con piezas que implicaban terror o una noción de pequeñez frente a algo que es avasallante.

 

Otras, relacionadas con lo híbrido o la transformación. “Una constante era la desfiguración, borrar líneas establecidas. El trasladarse a otro sitio, dialogar con otra posibilidad de la realidad, de lo que está definido”, señala.

 

En la muestra se incluyeron piezas clásicas, como La Crítica de Julio Ruelas, autorretrato en el que un ser fantástico aguijonea el cráneo del artista, e imágenes de luchadores como El Santo y Blue Demon, que aluden al concepto de la otredad.

 

“Las máscaras propician la concesión que se le da al otro de convertirse en alguien más. Quería ofrecer la posibilidad de que el visitante aceptara que lo monstruoso es, también, admitir que esta máscara puede ser la de la deformidad, lo horrible, lo que no queremos ver que nos constituye pero está en nosotros. Nuestra propia bolsa de porquería”, señala.

 

MÁS MIEDO, MÁS MONSTRUOS

Gabriel Sánchez Barragán, académico de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, explica la existencia de los monstruos con una ecuación: a mayor miedo, más monstruos, cuyas características serán determinadas por el temor social.

 

“Cuando una sociedad se encuentra en paz y tranquilidad, es muy raro que surja una figura monstruosa. Porque no habría miedos que materializar. Serían simplemente figuras de la tradición, o que se sucedieron en el pasado y ya han sido exorcizados por alguna figura heroica. Pero cuando una sociedad se encuentra en crisis, hay un miedo a lo desconocido, al futuro, a lo que pueda ocurrir, se crean figuras monstruosas”, explica.

 

“Nuestra sociedad sigue creando monstruos, aunque no sean necesariamente seres fantásticos. Pueden ser secuestradores, asesinos seriales, que responden a los miedos sociales, encarnados en figuras que trascienden esa realidad”, agrega.

 

En México, antes de la llegada de los españoles, las figuras monstruosas variaban entre lo divino y lo diabólico, sin una división entre el bien y el mal. Solían ser deidades con características animales y vegetales, por lo que lo híbrido los acercaría a la figura monstruosa. El académico explica que los dioses no eran necesariamente divinidades terribles y eran reverenciadas, estimadas e incluso queridas por los adoradores.

 

“El mexicano, por su herencia, adopta esa figura monstruosa y la acepta. Los dioses mexicas nunca se presentaban tal como eran, sino a través de un nahual. Es decir, como una máscara que usan, como la presencia para no aterrar o destruir al que se le aparecen. Esas máscaras suelen tener principios monstruosos.

 

El mexicano ya está cercano a ello. Más quizá porque el miedo más terrible, que es a la muerte, el mexicano lo adopta, hace cierta mezcla con los principios cristianos y, de ese barbitullo de ideas, sujeta como especie de gusto e incluso llegando a grados de adoración, a la muerte. Y como es ésta la figura abstracta más terrible, se acepta y se incluye en la sociedad, y hasta se vuelve cómica”, afirma.

 

En lo popular, los monstruos se aceptan más como seres fantásticos, sin necesariamente un sustento mitológico. “El cuento popular incluye al monstruo, pero nunca como una figura a destruir, sino como una figura que forma parte de la realidad y por eso en los cuentos infantiles no asombra que haya cuestiones fantásticas”, añade.

 

Vladimir Martínez Bello, de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, destaca que una de las razones por las que México es un país con muchas referencias a seres fantásticos y monstruos es la mezcla de etnias, que de acuerdo con INEGI suman más de 64, además del sincretismo con la cultura cristiana.

 

“A cualquier pueblo que vayas, donde hay un río, un bosque, una cueva, una barranca, una cascada, algo se apareció. México es muy rico en estos seres fantásticos porque está muy en contacto con las tradiciones indígenas”, explica.

 

Otro factor es la creencia popular en la magia: la Encuesta sobre Percepción Pública de la Ciencia y la Tecnología, en 2015, reveló que 71 por ciento de los mexicanos cree que en el país se confía más en la magia que en la ciencia.

 

ALEBRIJES

Lo monstruoso remite también a la combinación de las especies. A veces bestia, a veces hombre. De ahí, la relación con el alebrije. Los alebrijes nacieron en 1936, cuando el cartonero Pedro Linares, dedicado a construir figuras de calaveras y diablos para quemar en las fiestas católicas, cayó enfermo por una úlcera gástrica que hizo creer a su familia y sus amigos que había muerto.

 

Rodeado de sus seres queridos que lo velaban, Linares soñaba con animales híbridos  que rondaban a su alrededor y emitíanun sonido ininteligible que él interpretó como “alebrije”.

 

De acuerdo con la historia, Pedro Linares pareció revivir en su velorio con su mundo de monstruos multicolores en lacabeza. En 1947, el artesano comenzó a materializar esas figuras híbridas entre sus  creaciones.

 

Sus descendientes continúan fabricándolas en el centro de la Ciudad de México, De manera simultánea, en San Antonio Arrazola, Oaxaca, el pastor Manuel Jiménez, tallador de esculturas de animales con madera de copal, introdujo en su repertorio, de forma paulatina, piezas de animales híbridos, que él no bautizó como alebrijes, pero la fama de lo realizado por Pedro Linares hizo que adoptaran el mismo nombre.

 

El oaxaqueño, explica su hijo Isaías, también tallador de alebrijes, comenzó a crear figuras de animales con rostros humanos, conocidos como nahuales, que persisten desde las culturas prehispánicas. El mismo Manuel Jiménez era un curandero a quien se le atribuían los poderes de un nahual que se manifestaba en forma de felino. Cercano a estas figuras desde su niñez, Isaías se resiste a señalarlas como monstruos.

 

“Son monstruos, pero muy bonitos. Se ven feos, pero son bonitos”, insiste el padre de una familia dedicada por completo al tallado de alebrijes. El heredero de la tradición explica que, con la reciente aparición de los alebrijes en la película Coco, en 2017, la mayoría de los turistas que visitan su taller en Arrazola le explican que su interés por esos seres fantásticos creció a partir del filme.

 

“Me dio escalofrío. Vi las obras hechas por nosotros. En el puestecito está un nahualito rosita”, dice refiriéndose a la película, “muchos que han venido, de China, de Japón, me dicen que quieren llevar piezas porque se va a estrenar la película allá”.

 

TERATOLOGÍA

En las últimas décadas del siglo XIX, los médicos no tenían elementos suficientes para explicar las malformaciones. Después, aparecieron los estudios sobre Teratología, la ciencia que estudia las malformaciones, cuyo nombre proviene del griego antiguo “theratos”, que significa monstruo.

Los teratólogos, señala el investigador Bruno Lutz en su estudio La ciencia de los anormales, tenían “virtudes de coleccionistas e intenciones de promotores de ferias”, lo que generó un mercado de especímenes con deformaciones biológicas. Lutz enumera los criterios para clasificar a los llamados “monstruos”.

 

Primero, si se trataba de un humano o un animal. Cuál era la espectacularidad y rareza de sus malformaciones. Su estado de conservación y cuál era el “formato” en que se hallaba el espécimen: litografía, pintura, fotografía, osamenta, restos conservados en alcohol, momificados o vivos.

 

En el México del siglo XIX, el Museo Nacional exhibía en una sala las “anomalías”, desde el punto de vista médico. En un catálogo para los visitantes, publicado en 1896 y aún existente, se enumeran 75 personajes ilustrados de lo que se llamaba “monstruo”.

 

Desde un gato con dos rostros, una oveja con ocho extremidades, dos cerdos unidos con una sola cabeza, hasta un feto de un niño sin cráneo, un hombre con un cuerno naciente de la sien derecha o unas hermanas siamesas. Las piezas se encontraban conservadas en alcohol, disecadas o dibujadas.

 

La investigadora de la UAM Frida Gorbach, quien llegó a ese catálogo de manera accidental en el ahora Museo Nacional de Antropología e Historia, explica que monstruo es todo lo que sale de la norma, y siempre va a depender de quién lo dice.

 

“En lo que yo trabajo, la idea de norma es la que viene, por un lado, de la medicina, entre los límites de lo normal y lo patológico, entre lo sano y lo enfermo. Y viene también del mundo legal.

 

Entre lo permitido y lo prohibido, quién sale de la norma. Cuando analizas el discurso médico, el discurso jurídico, te das cuenta que detrás de la noción de norma hay una idea estética, en el sentido de que es normal aquel que se parece a una escutura griega. Y es anormal aquel que está lejos de ese parecido con una escultura griega, que además es una categoría ideal que no existe en la realidad. Es una medida de realidad”, señala la autora del libro El monstruo: objeto imposible (Itaca, 2008).

 

La investigadora explica que la definición de monstruo está ligada a un acto de exclusión, pues el que llama “monstruo” a otro se está colocando del lado de lo “normal”.

 

Y aquel que es llamado monstruo es excluido de la sociedad. Gorbach recuerda que los conquistadores españoles, como Bernal Díaz del Castillo, se refirieron a los indios que hallaron en América como monstruos, por ser diferentes.

 

“Ante lo desconocido, lo llamaban monstruoso y lo asociaban con los monstruos de la imaginación europea, porque estaban ante algo que no conocían. Le ponen palabras que conocen e imágenes que conocen, las del imaginario europeo”, explica.

 

MONSTRUOS POPULARES

Durante un año y medio, la escritora Carmen Leñero investigó cuáles son los monstruos mexicanos más representativos en la cultura popular.

 

Halló 52 distintos seres que no son ni dioses ni humanos ni animales, pero existen en el imaginario, principalmente a través de narraciones orales. En 2012, publicó un catálogo de 10 distintos monstruos entre los que se encuentran Waay Chivo, el Nahual, Sinsimito, Aluxes, Chaneques y Guajes, y Waay pop, como los más representativos.

 

“Los monstruos son metáforas vivientes e impredecibles. Hablan de lo ominoso, de lo que no se puede explicar, de lo que es misterioso. En todas las culturas, muchos mitos están protagonizados por monstruos. Cada cultura prehispánica y cada zona del país tiene monstruos diferentes”. La escritora destaca como monstruos mexicanos más populares al nahual y las serpientes.

 

“Lo que en Europa fue dominado por los dragones, en México fue dominado por las serpientes. Hasta que aparecieron los alebrijes”, añade.

 

CINE DE MONSTRUOS

A pesar de ser una cultura rica en seres fantásticos, los monstruos mexicanos no han destacado en su representación cinematográfica.

 

El crítico Jorge Grajales explica que en México, influenciados por el cine norteamericano,se comenzaron a representar monstruos como Drácula (El Vampiro, 1956); La momia azteca, una trilogía de Rafael  Portillo filmada en 1957, y El barón del terror, de 1961. Pero los monstruos más famosos del cine mexicano del siglo XX fueron aquellos que lucharon contra El Santo y Blue Demon: el Hombre Lobo, las Momias de Guanajuato, las Mujeres Vampiro, los Zombies, las Lobas, la Llorona, las Brujas, espectros y otros seres satánicos.

 

Los presupuestos reducidos y la premura con que se realizaron muchas de estas cintas causaron que el cine de monstruos en México no tuviera resultados favorables.

 

“Para lograr hoy en día tener monstruos más convincentes se necesita un presupuesto mucho más grande. Y las nuevas generaciones tampoco se han interesadodemasiado por el cine fantástico”, comenta Grajales.

 

El especialista asegura que, a pesar de la rica tradición de monstruos en la cultura mexicana, no hay una aceptación del cine fantástico, y no por parte de los espectadores, sino de aquellos que dirigen la industria cinematográfica.

 

“Si Guillermo del Toro se hubiera dedicado aquí en México a hacer cine, muy probablemente no sería la figura que es hoy en día”, concluye.

Escrito por Andro Aguilar / Agencia Reforma

Reportero de Reforma


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